— 2011/07/27 10:17 am

LLEGA LA MEJOR BIOGRAFÍA DE DAVID BOWIE: “AMANDO AL EXTRATERRESTRE”

Posted by


El periodista Christoper Sandfort recopiló decenas de testimonios -incluyendo a William Burroughs- para reconstruir la vida de un artista cuyo atractivo, según él, es ser un “símbolo de una cultura rock que, aunque vetusta en sí misma, todavía permanece débil e insegura”.  Y no hay mejor forma de presentarla que con este extracto del primer capítulo, “Años dorados”.

 

Verano de 1973

David Bowie había desaparecido. Cuarenta minutos antes de su despedida como Ziggy Stardust, se había perdido entre la multitud de Hammersmith Broadway. Llevaba una camisa de cuadros, unos vaqueros, y con su cara pálida y cerosa parecía uno de esos Bowie Boys adolescentes que posaban esperanzados ante la entrada de artistas. Si alguien hubiera reparado en él, sólo habrían recordado una figura demacrada y huesuda, vestida con ropa vieja y peinada de forma extravagante, que hablaba con una chica de trece años. Nadie reparó en él.

Julie Anne Paull, una fan del East End de Londres, sabía que Bowie empezaba a cansarse de su personalidad Ziggy Stardust y a aburrirse del mundo del rock. Pero aquello no era nada comparado con lo que escuchó en aquel callejón desierto, detrás del Broadway. Bowie se desmoronaba, un estado inducido en parte por su miedo a «volverse loco». Estaba indignado con su representante. Su matrimonio se venía abajo. Habló de sus aventuras homosexuales. Según un miembro de su grupo de entonces:

“Creo que era por la cocaína. La cocaína y sus demonios. Estoy seguro de que había algún poder diabólico en todo aquello. Consumía mucho, por las mañanas se deprimía y por las noches estaba eufórico. Fue entonces cuando estalló la paranoia.”

Cualquiera que fuera la causa, no sería fácil contestar el veredicto de Paull -que Bowie estaba «en el filo de la navaja»-, o que su renuencia a tocar aquella noche había sido, según otra admiradora, «el origen de otra crisis a lo Stephen Fry». Sólo después de una escena lacrimosa y autolacerante aceptó cruzar de nuevo la calle hasta el Odeon, donde un organizador rondaba por las cloacas en compañía del escolta de Bowie, hablando de dónde podía estar éste. La segunda chica recuerda que «David, que parecía tan deprimido, pareció animarse» a la vista de aquéllos. Bowie se dirigió directamente a la parte trasera del teatro, pasó ante un guardia estupefacto, entró en el edificio, subió la escalera de artistas hasta el último piso y salió al balcón que da a la calle. Se quedó mirando a los fans en silencio, durante cinco minutos por lo menos. Un músico que pasó por ahí asegura que tenía lágrimas en los ojos. Cuando Bowie se dio la vuelta para bajar al piso inferior, de golpe se paró en seco, sorprendido por un grito bronco de su manager, «¿Dónde está David?». Según el guitarrista de Bowie, éste contestó exactamente: «Dímelo tú», antes de entregarse a los chillidos fanáticos que salían del camerino.

El espectáculo que vino a continuación fue Bowie en estado puro. En 1973, los medios de producción de la música rock eran más bien horizontales; los juegos de luces parecían sacados de una discoteca de colegio, y el ingeniero de sonido creaba un zumbido verosímilmente desagradable, como de la era Beatles, pero la fascinante mezcla de kabuki y La naranja mecánica que ofreció Bowie aquella noche, cruzada de pegadizos riffs burgueses, fue calificada de «triunfo orgiástico» incluso por el periódico The Times. Cuando a “Watch the Time” siguió “All the Young Dudes”, y luego “Oh! You Pretty Things”, los fans recordaron por qué les había gustado tanto aquella música en primer lugar. Bowie parecía incapaz de componer una canción que no pegara. Y, detalle no menor, su grupo -tres rockeros de bar, de Hull, estrujados en pantalones de grumete y guerreras de manga acampanada- lo acompañaba a la perfección. Mick Ronson era el complemento ideal, sus introducciones a lo Jeff Beck se confundían con los dramáticos golpes de voz de Bowie. El largo solo de “Moonage Daydream”, con sus acordes de quinta, no sonó a alarde, sino a genuino toma y daca. Cuando Bowie volvió del camerino con su mono rojo y verde y sus botas rojas de plataforma, sorprendía comprobar que, en palabras de un colega, «se estaba divirtiendo tanto como Bette Midler». No sabía que, sólo una hora antes, Bowie había estado llorando en el hombro de una adolescente, diciendo que no quería cantar.

Llegó entonces “Space Oddity”, una hábil mezcla de futurismo kitsch y música popular semiacústica. Fue el mejor momento de Bowie, el fundamento de toda su imagen posterior, incluso mientras entraba y salía de Ziggy Stardust. Después de una simplemente melodramática “My Death”, Bowie reapareció vestido con una malla de lana sin hombros, para interpretar “Cracked Actor” y caer al suelo desmayado bajo la guitarra nasalmente eléctrica, cediendo a la misma tentación de efectismo divista que ridiculizaba la canción. El hombre de las paradojas había estado presente desde sus primeros y vacilantes intentos de componer, diez años atrás. Pero la fama había magnificado y consolidado enormemente las peculiaridades de la personalidad de Bowie desde sus primeros tiempos profesionales. Estaba el cantante folk y el Bob Dylan manqué, el enamorado del abrasivamente ruidoso rock de las guitarras. Estaba el bello andrógino, tan «moral como un gato arrabalero bisexual», en palabras de su ex mujer, el hombre que era extrañamente pasivo en la cama. Quería indignar y escandalizar -como cuando se arrodilló ante Ronson, tomó sus muslos entre sus manos y lamió las cuerdas de su guitarra-, pero que en 1995 seguía diciendo que había sido «un chico muy tímido».

Todas estas paradojas estaban presentes en el momento en que Bowie, vestido ahora con un chaleco negro transparente, pantalones de raso negro y un pendiente de diamante del tamaño de una lámpara de techo, atacó una versión de “White Light, White Heat”. En ese momento el grupo abandonó el escenario. Después de pasar un cigarrillo en ronda, a la sombra de la batería, Bowie se volvió a su viejo amigo John Hutchinson, que se había incorporado al grupo en la guitarra de doce cuerdas.

«No empieces el bis todavía», le dijo. «Quiero decir una cosa».

Iluminado por una mancha blanca, Bowie se acercó al micrófono. Con la boca abierta se quedó mirando a la noche lluviosa, a las caras alzadas hacia él, sabiendo, como dijo más tarde, que tenía que establecer contacto «de alma a alma».

«¡Sí!», gritó frente al micrófono.

«Bowie… Bowie», corearon sus fans.

«Todo el mundo», jadeó. «Ésta ha sido… la mejor gira de nuestras vidas… De todos los conciertos de esta gira, éste va a ser el más largo, porque no es sólo el último de la gira… Es él último que vamos a dar».

Y asintió en dirección a Hutchinson, recién despedido en público, ante millares de personas, para que empezara el último número.

Sobre la retirada de Bowie corrieron opiniones y explicaciones diversas. Para algunos fue una estrategia que demostraba una astucia bizantina. Luego se supo que el manager de Bowie tenía sus propios motivos para retirar su producto estrella. Hubo complicadas conversaciones con un sello discográfico y con una editorial. Una agria ruptura de negociaciones preliminares para una gira por estadios de Estados Unidos. Para otros, aquello formó parte de la desintegración general de la personalidad de Bowie. Para Roy Carr, de New Musical Express, Bowie estaba «escurriendo el bulto [...] sacando a pasear su ego [...] Un actor que juega a ser una estrella». Según esta lectura, Bowie se había ido convirtiendo en una caricatura de sí mismo. Los trucos, los golpes escenográficos que le habían ayudado a desmarcarse de un pelotón de cantantes tan talentosos como él mismo, pero mucho menos llamativos, se habían convertido en una maldición. David Bowie el icono había devorado a David Bowie el músico. Ante Julie Anne Paull, que después del concierto se coló con labia entre bastidores, Bowie se quejó de su público -«niños tontos»- y del maltrato que le infligían aquellos que más tarde describió como sus «empleados». Esto exacerbaba y dramatizaba su ya marcada tendencia a ver enemigos por todas partes.

Lo que vino después -furioso, reprimido y psicótico a ratos- demostró en cinco minutos por qué Bowie siempre había puesto tanto cuidado en no perder los estribos: porque le aterraba lo que podía pasar si lo hacía. Cuando Paull salió del camerino, Bowie se derrumbó sobre el tocador y lloró. A continuación sembró el caos. La mesa con la botella de vino y las flores, las paredes, las sillas, la lámpara y las ventanas fueron pateadas y escupidas. En realidad descendió sobre sí mismo, más que sobre seguidores o empleados. Cuando salió del camerino se observó que además de los ojos enrojecidos, tenía arañazos en el cuello y en la cara, y en la mejilla un hematoma del tamaño de una manzana. Esta violencia iluminó la tensión y la volatilidad que marcaban su personalidad, pero esta vez vino seguida de un bandazo que asombró a aquellos que no sabían con cuánta frecuencia se convertía en hielo el fuego de Bowie.

Mientras la prensa musical y la prensa influyente, así como sus propios colegas, empezaban a reflexionar sobre el misterio de la retirada de Bowie, el Café Royal acogió una fiesta de celebración. En algún momento de la noche John Hutchinson se encontró bailando con Nina Van Pallandt. Mientras pasaban ante una mesa de bufé abrumada de lujo, Hutchinson observó que una figura en traje de raso se deslizaba hacia ellos. «David nos miró», cuenta éste, «y dijo: “¿Todo bien?”, y se alejó bailando».

«Con ese gesto supe que todo había terminado». LL


DAVID BOWIE: AMANDO AL EXTRATERRESTRE. Original: Loving The Alien. Biografía rock. Por Christoper Sandford. T&B Editores. España, 2011 (Segunda edición). 328 páginas.


Links:

Adelanto primer capítulo

Lectura complementaria:

Glam Rock: sexo, purpurina y lápiz de labios


 

Encuéntralo Prosa & Política

Precio: $32.800

Socios LuchaLibro: $27.880

 


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Leave a Reply

— required *

— required *

Trackbacks