— 2011/03/25 5:20 am

DESPUÉS DEL ROCK – SIMON REYNOLDS (CAJA NEGRA)

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Después de Después del Rock

(Simon Reynolds, Caja Negra 2010)

Por Marcos Zurita

Pablo Schanton, quien selecciona los textos y escribe el prólogo, dirigía en 1993 la revista Ruido y categorizaba los escritos rockeros en “Prensa”, “Periodismo” y “Crítica”. La Prensa era el gacetillismo perezoso. Copiar y pegar lo que dice el manager, la compañía o la novia (según la infraestructura del artista) en la hoja que viene con el disco. El Periodismo era un intento de explicación, de hilvanar los datos en un sentido, influencias, chispas biográficas que encienden una tendencia. La Crítica, en cambio, apunta a la experiencia cultural. “Un crítico no es un universitario aficionado al rock. En todo caso, es un ex-universitario afectado por el rock”.

Pasaron 17 años desde esa editorial y curiosamente hoy suena más lúcida que el prólogo escrito en 2010 para este volumen de escritos de Simon Reynolds en español, donde llega a un nivel de name-dropping que anestesia los contenidos.

La crisis del periodismo musical

¿Cómo llega aquella categorización a nuestros días?

La Prensa se sostiene hoy en día gracias a las publicaciones innecesarias que deben generar “contenidos” rápidos que rellenen la web, diarios o revistas, tratando de atraer clicks y muriendo casi al instante de la lectura. Es Spam de información. Pelotitas de telgopor que sirven para sostener visualmente la estructura de logos, fotos, marcas y avisos.

El Periodismo murió con la web. Ya no es un valor saberse la discografía de Tom Waits, o tener el dato de los bateristas que pasaron por Smashing Pumkins. En el mundo conectado se accede a eso con obscena facilidad. Las influencias se convirtieron en tags y ya ni siquiera es necesario el consejo del periodista con criterio que recomendaba cosas. Un programa nos dice “Si te gusta X, escuchá Y” y, con varios años de mediatización virtual mediante, ya no importa tanto qué es lo que se recomienda. Todo sirve. La sensación de estar perdiéndose una banda oscura a ser revelada es mas un afecto de los treintañeros que de las nuevas generaciones (poco afines a criticar lo que se sirve a la mesa).

El crítico se pensó especial (porque lo era, vale decir). Pero hoy hablar de deconstrucción o buscarle la quinta-pata-estudio-cultural al gato-arte está más cerca del cliché que de la sorpresa. Hablar de deconstrucción suena casi como las “salvajes guitarras”.

El problema del crítico es que en su megalomanía de comprensión total, universaliza su visión. Abandona la subjetividad (o peor, la vive a través de la subjetividad legitimada del filósofo que cita). Se falseó la válvula que iba de la música a la teoría cultural y la teoría terminó invadiendo la música, que queda de fondo, sin escucharse. Así, Scritti Politti , una banda que sería totalmente olvidable, queda al lado de PIL, cuyo riesgo sigue bastante bien conservado hoy día. Claro, tomaban su nombre de la obra de Gramsci y esto a los críticos (nombrefílicos) les alcanza y sobra para darle muchas más oportunidades de endilgarle altos sentidos que a una banda cuyo nombre viene de un tío gracioso o de una canción de Carpenters.

El crítico juega todo el tiempo al offside. Por eso las bandas que hacen la diagonal indie-mainstream los terminan engañando. Los enamoran fácilmente cual quinceañeras de otras épocas con guiños culturales y luego los abandonan, traicionados. Ellos, románticos como son, seguirán hablando de aquellos viejos buenos tiempos.

Simon Reynolds defiende el concepto de crítica de rock como veneno. Es muy interesante. Pero ¿Cómo ser ponzoñoso en un mundo sobrado de antídotos? En la era del derecho universal, es políticamente incorrecto hacer una crítica venenosa. Sólo se permite cuando todos están de acuerdo (supongamos, a una banda consagrada que puede vender por fuera de las críticas negativas, o a un ignoto con aspiraciones antipáticas). Es como sacarse una foto victoriosa al lado del tigre del zoológico.

En el libro, Simon recuerda con nostalgia la era dorada pre web, donde los tabloides ingleses vendían cientos de copias y se generaban escenas desde la crítica. SR mismo aparece como el inventor del término postrock (un género que terminó aburriendo más que un partido a beneficio de la Fundación del Pupi Zanetti). Eran otros tiempos, sí, pero eran otras personas también. Había un acuerdo tácito de que la crítica y la música que mencionaba estaban inmersas en un mundo lúdico. Hacer estrellas a Suede antes de que sacaran siquiera un single no se lograba con metros de alabanzas suaves sino con una campaña pasional, detrás de la mejor banda del mundo que venía a salvar el rock británico. Claro que como parte de esa dinámica, la banda tenía que tener realmente un gancho. Y lo tenía. O al menos cargaba un significante que vino perfecto a ese sentido.

De aquellos trucos, hoy queda apenas una charla tibia. Alguien logra que una banda aparezca en todos lados, pero aparecer en todos lados no es ya un valor. Los medios dominados por la vieja guardia del periodismo caduco, sostienen, resistentes, la legitimación de aquellos viejos artistas. Ignoran, o asfixian, las nuevas manifestaciones que pondrían en riesgo el paradigma rockero y entonces instalan la sensación de que “no hay como los viejos”. Y así, las tapas, las cinco estrellitas del comentario y los largos reportajes van a parar a abuelos que “la siguen rockeando” o a pichones con pelusas en vez de plumas que “admiran” a los abuelos.

Juguemos un poco a la crítica de rock.

¿Cómo se sostiene el estado de las cosas?

Si se piensa al rock como un Estado, ¿acaso la prensa especializada no funciona con la lógica de los aparatos ideológicos descriptos por Althusser? ¿Dónde se generan las legitimaciones que sostienen como “natural” el estado cada vez mas reaccionario del rock?

Algún amigo editor dirá que las ventas de revistas son tan pobres que ya no tienen poder para nada. Pero la información se sigue generando igual. Hagan el ejercicio de cortar y pegar una crítica de un lanzamiento importante en un buscador y van a ver el efecto de la replicación.

Lo que rescata SR de aquellos tiempos de Melody Maker vs NME es la posibilidad de cambiar el curso natural de la historia del rock. En vez de la necrofilia capitalista (hoy en día presente en las publicaciones mas importantes, con la Mojo como funebreros abanderados), se apostaba por el “descubrimiento” (invención!) de una escena. ¿Qué era la escena de Leeds? The Wedding Present y un par más.

Uno se podría preguntar ¿para qué cambiar? Es una pregunta legítima. Lo nuevo no es sólo interesante por el sólo hecho de ser nuevo. El tema es que es aburrido. Que una banda con promedio de edad de 20 años quiera sonar como Los Gatos es aburridísimo. Que la carrera de un artista se apuntale en festivales sponsoreados, productores y fotos, también.

Ante una banda nueva, sonando en un lugar chiquito, que para de tocar en medio de una canción para discutir cuestiones ridículas con el sonidista, que no se sale de la ruta planificada, o que graban su disco en un estudio standarizado, con un sonido que puede ser el de cualquiera, uno se pregunta ¿por qué no toman más riesgo? Si no lo hacen ahora, ¿cuándo?

¿Por qué , con tanta facilidad de medios, las revelaciones son tan pocas?

Volviendo al libro

Los pros y contras de la crítica de Simon Reynolds

Pros:

- Dan ganas de salir corriendo a buscar los discos sobre los que se está leyendo.

- Ciertas conexiones renuevan el sentido de bandas muertas.

- Dan ganas de pelearse ante algunos caprichos.

- Dan espacio a pensar en zoom out

Contras:

- Una vez escuchado los discos, muchas veces lo dicho es una falacia (Arto Lindsay no tiene nada que hacer con Eno. Y Eno no tiene forma de defender su trabajo con U2).

- Derrida con Public Enemy = peras con manzanas.

- La tendencia a legitimar y universalizar experiencias que son subjetivas, le quitan eficacia.

- La melaza psicoanalítica es de vieja que toma el té en uno de esos bares con vidrieras gigantes.

Pero entonces, ¿cómo escribir algo interesante?

Quizás el tema es que la experiencia de escuchar música ha cambiado. “Quizás” no: cambió. No es lo mismo tirarse a escuchar un vinilo que picar un disco con el winamp. No es lo mismo esperar la fecha de lanzamiento de un disco que estar todo el tiempo escuchando discos nuevos.

Ante lo inabarcable, tres salidas.

1. En el mundo de la hiperaccesibilidad al dato (y dentro de dato, incluyo la música), el plus de valor está en el link. Ahí es cuando la crítica que hace SR sigue proponiendo algo interesante, como disparador, como asociación libre.

2. Ir a por los destellos caprichosos de subjetividad, de la experiencia personal. Lester Bangs, que en otra época era detestado por mí ya que es el creador de la pasión tribunera, hoy día se revaloriza. Cuando alguien escucha un disco para escribir sobre él, sólo ocurre eso. Es Fulanito escribiendo sobre el disco de Menganito. Así, los que cortan y pegan la gacetilla no valen la pena. Los que firman las notas, pero lo hacen con la pereza del “oficio”, tampoco (son intercambiables, un template de adjetivos y exclamaciones populares). Los que enuncian un rasgo propio, los que hablando del disco de Menganito, hablan de un rechazo amoroso propio, ésos sí.

3. Abrirse a lo lúdico. ¿Por qué hay tan poco humor en el rock? ¿Cómo es que algo tan “joven y rebelde” tiene semejante solemnidad? ¿Por qué se dan esas identificaciones tan infantiles, en donde una ironía no tiene lugar?

Poniendo a prueba las proposiciones con ejemplos de la vida real:

¿Cuál disco tiene ganas de escuchar después de leer las siguientes reseñas?

1. [X] pertenece a la primera camada del blues blanco británico desde mediados de los 60, cuando integró [Y] y escribió el colosal hit [Z]. Desde fines de aquella década, este cantante y compositor ha desarrollado una rica y prolífica carrera como solista.

2. Hay discos que seducen desde la primera nota. Clima, concepto, sonido, llámenlo como quieran. [X] arranca el disco y ya compramos. Pop melancólico, electrónica, indie, shoegaze, romántico, elijan su propia aventura.

3. [X] responde al perfil típico de la criatura que creció escuchando los discos de los padres – típicos grandes melómanos, por supuesto- y de mayor decide dedicar su vida a ese sueño romántico de la infancia.

4. Porque la tristeza de [X] está en el aire que respiro, en el olor de la tierra después de la lluvia, en el polvo que dejamos atrás y que flota sobre nuestras cabezas; está, fatalmente, en mis ojos que se cierran, y en mi desesperado y vano intento por sentir tus brazos alrededor de mi cuerpo (nunca voy a olvidar tus omóplatos, nunca).

“Pero en el fondo, bien adentro de mi corazón, todavía pienso que la escritura de rock debería ser como cuando yo era joven. Debería ser ferviente, encendida, ridículamente polarizada en sus juicios; arriesgarse hasta el punto de lo absurdo por tomar las cosas tan en serio; debería embriagarse con su propio poder (¿de qué otro modo podía tener la esperanza de intoxicar al lector?)” (Simon Reynolds, sacado de la Introducción de Después del Rock, Caja Negra, 2010) LL


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