— 2011/01/17 9:39 pm

TIMOTHY CAREY: ELEGÍA PARA UN PECADOR X ANDRÉS NAZARALA

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¿Qué significa ser realmente un cineasta maldito? ¿Epatar a la audiencia en festivales de clase A (Gaspar Noé, Lars von Trier), elaborar películas crípticas (David Lynch), borrarse de un balazo después de hacer una obra maestra (Jean Eustache)…o ser ignorado por todos tras haber dejado en este mundo una película sin demandas? El último es el caso de Timothy Carey, actor delirante, secundario eterno, realizador maldito, responsable de una verdadera obra maestra dentro del sombrío sótano hollywoodense: “The world’s greatest sinner” (1962).


Por Andrés Nazarala R.


NACE EL CADAVER


Antes de la hazaña como director, Carey acostumbraba a visitar los estudios para ver si le caía algún papel por ahí. Excéntrico e hiperventilado, llegó incluso a escalar los muros de 20th Century Fox con una armadura de caballero con el fin de conseguir un rol en “El príncipe valiente”.

En estas incursiones por los galpones de Hollywood pudo conseguir trabajo. Debutó como cadáver en un western protagonizado por Clark Gable, formó parte de la pandilla enemiga en “El salvaje” (el director no lo dejó manejar una moto por miedo a que provoque una tragedia) y tuvo un rol secundario en “Al este del edén”.

La experiencia fue rara: por su carácter inquieto y extraño, se fue del set con un puñete de parte del director Elia Kazan.

Pero fue Stanley Kubrick quien percibió el carisma de Carey, fichándolo para “The killing” y “Path of glory”. Junto con Peter Sellers, fue el único actor que tuvo permiso para improvisar en una producción del realizador de “El resplandor”.

Carey rechazó trabajar en “El Padrino” porque no le vio potencial comercial (¿su historia habría cambiado?) y se negó a darle a Elvis una copia de la película que dirigió. El cantante la había alabado, pero el actor reaccionó con una actitud hostil.

De ahí en adelante, Timothy Carey se consolidó como un cotizado actor secundario, encargándose siempre de personajes bizarros o psicópatas esperpénticos. Sus ojos desorbitados, su manera grandilocuente de hablar y una verborrea imparable, lo avalaron en estos territorios.

A Carey le fue mejor en el ámbito del cine de autor. Trabajó con grandes como Francis Ford Coppola y John Cassavetes (“Minnie y Moskowitz”, “El asesinato de un corredor de apuestas chino”), pero, al mismo tiempo que ganaba pantalla, se perfilaba como un tipo delirante e inestable cuyo método de trabajo atentaba en contra de los estructurados sistemas de rodaje.

Con el beneficio del tiempo, su actitud dentro del star-system de la época resulta hoy dramáticamente hilarante. Carey rechazó trabajar en “El Padrino” porque no le vio potencial comercial (¿su historia habría cambiado?) y se negó a darle a Elvis una copia de la película que dirigió. El cantante la había alabado, pero el actor reaccionó con una actitud hostil. Era el único en el mundo que se atrevía a rechazar al Rey.


EL PECADOR MÁS GRANDE


The world’s greatest sinner” fue el punto de contacto con la escena under de Los Angeles que levantó a Carey como una figura de culto. El actor la realizó entre los años 1958 y 1961 con un módico presupuesto de $100.000 dólares.

Para la banda sonora contrató a un entonces desconocido músico llamado Frank Zappa que en los años posteriores se dedicaría a denostar el trabajo que había hecho sólo por dinero.


El poder y la ambición del personaje protagónico crecen progresivamente, hasta que en la escena final enfrenta al mismísimo Dios, a quien pretende destronar.

Poniéndose él mismo en el rol protagónico, Carey narra la historia de un hombre atrapado por la rutina que descubre que puede atraer a las masas en el escenario en calidad de cantante rockabilly. Aprovechándose de la situación, decide formar una secta religiosa en la que, por supuesto, él es el gran profeta. El presupuesto lo consigue teniendo sexo con viudas que cargan con herencias millonarias.

El poder y la ambición del personaje protagónico crecen progresivamente, hasta que en la escena final enfrenta al mismísimo Dios, a quien pretende destronar.

La bizarra película fue un fracaso rotundo y sólo tuvo éxito dentro del circuito under de California. Carey había cruzado la frontera hacia la galería de los malditos, los fracasados dentro de una industria repleta de promesas.

Una desolada premiere había adelantado el destino del filme: Carey ofreció entonces un concierto de gases para una audiencia que observaba atónita. Luego, la cinta desaparecería del mapa y hace algunos años sólo se podía conseguir mediante correo. La vendía en VHS el hijo del cineasta.

Timothy Carey murió de un ataque cardíaco en 1994, a los 65 años de edad. Había tratado de actuar en “Perros de la Calle” pero Harvey Keitel amenazó con abandonar la producción si el excéntrico personaje se integraba al elenco. Quentin Tarantino terminó dedicándole la película al finado, esa rara avis que alguna vez sobrevoló el semblante plástico de Hollywood para terminar en el desagüe, brillando en el mar de desechos. LL

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1 Comment

  • esta seria como la versión alternativa(maldita y delirante dicho como halago por el sr. nazarala) de otro carrey (jim),pero con una ‘r’. y aunque no pude ver el link de youtube, las fotos publicadas muestran su plasticidad facial, especialmente la foto del hacha. se ve ‘perverso’. habrá que verlo en algún momento.

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