EL FACTOR HUMANO
Nelson Mandela y el partido que salvó a una nación
Epopeya afro-humanista
Por John Carlin
Sex Barral
España
Distribuído en Chile por Planeta
334 páginas
Detrás de los himnos afro-Disney, el “Waka-Waka” (nombre que tal como “Borbotones” deja de ser gracioso a medida que se repite) y la locura futbolera, Sudáfrica fue -y posiblemente es- un país dividido. O, al menos traumado por el apartheid.
El factor humano, narra la increíble historia de un Mundial de rugby que sirvió como espacio de reconciliación. En 1985, Nelson Mandela – “No hay que apelar a su razón, sino a sus corazones”, se cita en el epígrafe- tras pasar veintitrés años en prisión, decide organizar un campeonato. Única forma, según él, de minimizar el odio racial y empezar de nuevo. Tendría que pasar una década para vivirlo.
Este es el relato coral y no ficción (como tanto gusta decir ahora) de la gesta. El periodista John Carlin (Londres, 1956) reconstruye la historia con ese estilo, donde si bien el periodista se luce en la prosa deja que la protagonicen los otros. Y, claro se convirtió en película.
Introducción (Fragmento)
Por John Carlin

La primera persona a la que propuse hacer este libro fue Nelson Mandela. Nos vimos en el salón de su casa en Johanesburgo en agosto de 2001, dos años después de que se retirase de la presidencia de Sudáfrica. Después de intercambiar unas cuantas bromas, cosa que se le da muy bien, y algunos recuerdos comunes sobre los tensos años de la transición política en Sudáfrica, que yo había cubierto para un periódico británico, le hice mi propuesta.
Empecé por exponer los temas generales y le dije que, en mi opinión, todas las sociedades aspiran, conscientemente o no, a utopías de un tipo u otro. Los políticos comercian con las esperanzas de la gente de alcanzar el cielo en la tierra. Como no es posible, las vidas de las naciones, como de las personas, son una lucha perpetua por hacer realidad esos sueños. En el caso de Mandela, el sueño que le sostuvo durante sus veintisiete años de cárcel fue el mismo que el de Martin Luther King Jr: que un día, a la gente de su país, se la juzgara no por el color de piel sino por su carácter.
Mientras hablaba, Mandela seguía sentado, inescrutable como una esfinge como hace siempre que la conversación se vuelve seria y él es el oyente. Uno no está seguro mientras parlotea sin parar, de si le está prestando atención o está perdido en sus propios pensamientos. Sin embargo, cuando cité a King, asintió, los labios cerrados, con un brusco movimiento de barbilla.
Animado, le dije que el libro que pensaba escribir trataba sobre la pacífica transferencia de poder de la minoría blanca a la mayoría negra de Sudáfrica, el paso del apartheid a la democracia; que el libro iba a cubrir diez años, empezando por el primer contacto político que tuvo él con el gobierno de 1985 (me pareció ver que asentía también a eso), cuando todavía estaba en prisión. En cuanto al tema, era un cuestion que podía tener importancia en cualquier lugar en el que surgen conflictos debidos a la incomprensión y al desconfianza que cvan de la mano del tribalismo congénito de la especie. Cuando dije “tribalismo”, me refería al sentido más amplio de la palabra, aplicada a la raza, la religión, el nacionalismo y la política. George Orwell definió el término como “esa costumbre de suponer que a los seres humanos se les puede como a los insectos, y que es posible aplicar a bloques enteros de millones o decenas de millones de personas la etiquetas de “buenas” o “malas””. Nunca desde el nazismo se había institucionalzado ese hábito deshumanizador de forma tan completa como en Sudáfrica. El propio Mandela describió el apartheid como un “genocidio moral”: sin campos de la muerte, pero con el cruel exterminio del respeto de un pueblo a si mismo.
Por ese motivo, el apartheid fue el único sistema político que, en el apogeo de la guerra fría, muchos países -Estados Unidos, la Unión Soviética, Albania, China, Francia, Corea del Norte, España, Cuba- estuvieron de acuerdo en considerar, según la definición de Naciones Unidas, “un crimen contra la humanidad”. Sin embargo, de ese injusticia épica nació una épica reconciliación. LL



























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