AL COMPÁS DE LA RUEDA
Cuentos para exiliados de las grandes alamedas
Por Juan Ignacio Colil
Editorial Das Kapital
Chile
204 páginas
Esta colección de cuentos pertenece a la categoría “Libros que se leen de un tirón”. SI, porque las diecisiete piezas de Al compás de la rueda se disfrutan a alta velocidad, gracias al lenguaje preciso, sus historias -entre el minimalismo hilarante y lo demencial- y sobretodo los protagonistas, que parecen haber perdido algo (¿la juventud?, ¿la inocencia?, ¿el trabajo?) y uno no puede sino sentir cariño por ellos. Porque Juan Ignacio Colil (1966, profesor de historia) escribe desde fuera del éxito y las avenidas de los winners. Sus personajes asumen -en lugar de arrastrar- una decadencia que ni siquiera es elegante. Pero siempre hay un hecho extraordinario que promete redimirlos.
Como en “Suspicious minds”, donde un periodista que ofrece un texto sobre Elvis en 1988 y su editor le dice que no sea idiota, que no hay nada nuevo que no se sepa del “Rey”. Pero él, encuentra a un chileno que actúo en una película. E incluso acompañó al cantante al sur de Chile.
O la insistencia de unos niños en visitar una casa fantasmal que quedaba en una esquina (“Lo cierto de la historia”).
O la increíble vida del héroe de barrio Joe “Memphis” Mardones, que se fue de Chile y finalmente regresó (“El gran salto”)
O el pobre empleado que debe trasladar a una actriz porno retirada a su hotel y que -al estar todas las habitaciones ocupadas- debe alojarla en su propia casa (“Vania Lips”).
Porque en estos cuentos, los protagonistas aunque sean viejotes, parecen todos seguir siendo niños. Y vivir en la década de los ochenta. Entonces uno, lector que no le cree a Susan Sontag y su teoría de la no-interpretación, empìeza a leer entrelíneas una amarga reinvindicación de los ochentas, donde a pesar del horror, quedaban ciertos espacios para la inocencia. O al menos, para seguir viendo la vida como un juego. A pesar del violento asalto en que se meten los protagonistas de “Ventana”. Como si los noventa y todo lo que vino después hayan acabado incluso con el “es que no quería hacerlo”. Un gran libro. LL
SUSPICIOUS MINDS (EXTRACTO)

Por Juan Ignacio Colil
El 16 de agosto de 1988 se cumplían 11 años de la muerte de Elvis Presley. Quise escribir un artículo sobre él, sobre los recuerdos que mantenía ligados a su figura, a su música. Pensaba publicar el artículo en alguna de las revistas con las cuales había mantenido contacto. En todas recibí tibias respuestas. Sobre Elvis se ha escrito mucho, y si no tienes nada nuevo que decir, mejor ahórrate el esfuerzo y las palabras. Esa fue la tónica de las respuestas de los editores, con algunas tenues variaciones y no que otro portazo. Nada nuevo para mí, que estaba acostumbrado a recibir el rechazo.
Pude haber olvidado la idea, pero una fuerza interior me guió. Fue en ese momento que comenzé a leer un poco más sobre la vida de Elvis y sobre todos los mitos que se tejieron en torno a su figura y muerte.
Es cierto que parecía un poco excéntrico en esa época, año 1988, preocuparse por un personaje cuando todos o casi todos estaban pendientes del plebiscito y las calles se llenaban con las fotos de un Pinochet sonriente, que aseguraba sin ningún pudor “Si yo gobierno, usted gobierna”.
Fue en un almuerzo familiar, conversando con un primo lejano al que rara vez veía y que me comentó que conocía a un tipo que había trabajado para Elvis. Mi primo no era un hombre en el que pudiera confiar. Siempre estaba envuelto en problemas financieros, amorosos, sexuales, etcétera. Sus negocios incluían una extensa lista de experimentos fallidos, y sus amigos rápidamente pasaban a engrosar su lista de acreedores, ex amigos y derechamente enemigos. Quizá por eso siempe mantuvimos una distancia prudente. No me gustaba su estilo y su falta de escrúpulos y creo que a él no le agrabada mi falta de ambiciones y mi estrechez económica. La conversación fluyó naturalmente y de a poco, seguramente por los efectos del vino, me oí contándole mis planes periodísticos. Sin inmutarse me habló de Juanito, su amigo, quien trabajó para Elvis durante los últimos años. Mi primo no insistió en la historia, yo tampoco. Pero al rato, cuando la conversación había derivado a otros temas. volvió a ella y me entregó el número de teléfono del mentado Juanito. No perdía nada con seguir esa huella.
Lo llamé por teléfono y después de explicarle el asunto varias veces, me citó en su trabajo. Se notaba que desconfiaba y parecía un tipo duro. Un martes en la tarde lo pasé a ver. Trabajaba de cajero en un café con piernas bastante bizarro. El café era pésimo y las chicas no eran muy agradables; en una pantalla de 21 pulgadas se mostraban algunas escenas de viejas películas porno. Una muchacha se me acercó y me preguntó con la naturalidad de quien pregunta la hora: ¿Queris que te la chupe?.
-Busco a Juan Lincolao- fue lo que atiné a responder. Me miró con decepción e hizo un gesto hacia la caja, que estaba en un rincón oscuro, aun más oscuro que el resto del café (…)



























muy buen libro!
amaro:
genial que nos escuches cufifear con sergio cancino en las mañanas de viernes.
leíste el extracto de germán marín?
saludos !
que buena!, escuché sobre esto en la radio camino al colegio y me interesó mucho, soy uno de la cagá de gente que le libros con contenidos en chile y espero que les siga yendo bien en el programa y que sigas poniendo fragmentos o quizás cuentos completos en la pagina.