Simone Weil (1909-1943) fue una de las pensadoras más notables del siglo pasado. Nacida en una familia burguesa agnóstica judía-francesa, se tituló de profesora de Filosofía, pero prontamente se convirtió en líder sindical, se interesó en el marxismo y se exilió de las elites. Albert Camus intentó seducirla y Simone de Beauvoir intentó convertirse en su amiga.
“Me intrigaba a causa de su gran fama de inteligencia y por su extraña vestimenta; deambulaba por los corredores de la Sorbona, escoltada por un grupo de ex alumnos de Alain; llevaba siempre en un bolsillo de su chaqueta un número de Libres propos y en otro un número de L’Humanité. Una gran hambre acababa de asolar a China y me habían contado que al enterarse de esta noticia se había echado a llorar: esas lágrimas forzaron mi respeto aun más que sus dones filosóficos. Yo envidiaba un corazón capaz de latir a través del universo entero. Un día logré acercarme a ella. Ya no sé cómo se inició la conversación; declaró en tono cortante que una sola cosa contaba hoy sobre la tierra: la Revolución que daría de comer a todo el mundo. Respondí de manera no menos perentoria que el problema no era hacer la felicidad de los hombres, sino encontrar un sentido a su existencia. Me miró de hito en hito: ‘Se ve que usted nunca ha tenido hambre’, dijo. Nuestras relaciones se detuvieron ahí. Comprendí que me había catalogado: ‘Una burguesita espiritualista’.”
Su vida da un giro tras descubrir a Cristo. Sus camaradas no la entendían, su entorno hebreo tampoco. Sus escritos están cargados a una búsqueda desesperada de Dios a través del dolor del otro, contra toda la lógica atea del mundo intelectual y existencialista de la época.
Como escribe George Steiner en “Un mal viernes” (New Yorker, 1992): “Ella no rehúye la contradicción, lo irresoluble. Creía que la contradicción “experimentada hasta las profundidades de nuestro ser significa desgarro espiritual, significa La Cruz”. Sin esa “crucialidad” los debates teológicos y los postulados filosóficos son cotilleo académico”.
A continuación presentamos un extracto de “Profesión de fe” una antología crítica que está disponible online (ver link abajo)
La Persona y lo Sagrado (Extracto)
Por Simone Weil
En el fondo del corazón del ser humano, desde la más remota infancia hasta la tumba, existe algo que a pesar de toda la experiencia de crímenes cometidos, sufridos y observados, espera invenciblemente que se le haga bien y no mal. Es eso ante todo lo que es sagrado en cada ser humano.
El bien es la única fuente de lo sagrado. Lo único sagrado es el bien y lo que es relativo al bien. [...]
Cada vez que surge del fondo del corazón humano la queja infantil que el mismo Cristo no pudo retener: “¿Por qué me hacen daño?”, hay ciertamente injusticia. Puesto que si, como a menudo sucede, se trata solamente de un error, la injusticia consiste entonces en la insuficiencia de la explicación.
No existen otros límites a nuestros deseos aparte de las necesidades de la materia y de la existencia de otros seres humanos a nuestro alrededor. Toda ampliación imaginaria de estos límites es voluptuosa, y así pues hay voluptuosidad en todo lo que hace olvidar la realidad de los obstáculos. Es por esto que los cataclismos, como las guerras, que vacían a las existencias humanas de su realidad y parecen convertirlas en marionetas, resultan tan embriagantes.
Quienes infligen los golpes que provocan este grito ceden a móviles diferentes según los caracteres y el momento. Algunos encuentran en ciertos momentos una voluptuosidad en ese grito. Muchos lo ignoran. Es que se trata de un grito silencioso que no resuena sino en el secreto del corazón.
Estos dos estados mentales están más cerca el uno del otro de lo que parece. El segundo no es sino un modo atenuado del primero. Esta ignorancia es complacientemente entretenida, porque resulta lisonjera y contiene también una voluptuosidad. No existen otros límites a nuestros deseos aparte de las necesidades de la materia y de la existencia de otros seres humanos a nuestro alrededor. Toda ampliación imaginaria de estos límites es voluptuosa, y así pues hay voluptuosidad en todo lo que hace olvidar la realidad de los obstáculos. Es por esto que los cataclismos, como las guerras, que vacían a las existencias humanas de su realidad y parecen convertirlas en marionetas, resultan tan embriagantes. Es también por esto por lo que la esclavitud resulta tan agradable para los dueños de los esclavos.
Con la excepción de la inteligencia, la única facultad humana verdaderamente interesada en la libertad de expresión pública es aquella parte del corazón que grita contra el mal. Pero como no sabe expresarse, la libertad es poca cosa para ella. Es necesario que la educación pública sea tal que provea, lo más posible, modos de expresión. Luego, se necesita un régimen para la expresión pública de las opiniones que esté definido menos por la libertad que por una atmósfera de silencio y de atención en la que ese grito débil y torpe pueda dejarse escuchar. Hace falta, en fin, un sistema de instituciones que pongan en las funciones de mando, todo lo más posible, a seres capaces y deseosos de escucharlo y de comprenderlo.
Es claro que un partido ocupado por la conquista o por la conservación del poder gubernamental no puede discernir en esos gritos más que ruido. Reaccionará de modo diferente si el ruido perjudica al de su propia propaganda o si, por el contrario, lo hace más fuerte. Pero en ningún caso será capaz de una atención tierna y adivinadora para discernir su significado.
Cuando la libertad de expresión se reduce de hecho a la libertad de propaganda para las organizaciones de este tipo, las únicas partes del alma humana que merecen expresarse no están libres de hacerlo.
Igualmente sucede, aunque menos, en relación a las organizaciones que por contagio imitan a los partidos; es decir, cuando la vida pública está dominada por el juego de los partidos sucede lo mismo con todas las organizaciones, incluyendo, por ejemplo, los sindicatos e incluso las iglesias.
Por supuesto que los partidos y similares organizaciones son parejamente ajenas a los escrúpulos de la inteligencia.
Cuando la libertad de expresión se reduce de hecho a la libertad de propaganda para las organizaciones de este tipo, las únicas partes del alma humana que merecen expresarse no están libres de hacerlo. O lo están en un grado mínimo, apenas más de lo que lo están en un sistema totalitario.
Ahora bien, es el caso de una democracia en la cual el juego de los partidos regla la distribución del poder, es decir, en eso que nosotros, los franceses, hemos hasta ahora llamado democracia. Puesto que no conocemos nada más. Se hace necesario, pues, inventar otra cosa. [...]
Lo que es sagrado, bien lejos de ser la persona, es lo que en un ser humano es impersonal.
Todo lo que es impersonal en el ser humano es sagrado, y solamente eso.
En nuestra época, en la cual los escritores y los hombres de ciencia han usurpado, de forma tan extraña, el lugar de los curas, el público reconoce con una complacencia que no está de ninguna forma fundada en la razón, que las facultades artísticas y científicas son sagradas. Esto generalmente es algo que se considera como evidente aunque esté bien lejos de serlo. Cuando se piensa deber dar un motivo, se alega que el juego de esas facultades está entre las formas más altas del florecimiento de la persona humana.
A menudo, en efecto, no es más que eso. En ese caso, es fácil darse cuenta de lo que esto mismo vale y de lo que de ello resulta.
De ello resultan actitudes hacia la vida tales como ésta, tan común en nuestro siglo, expresada por la horrible frase de Blake: “Es mejor ahogar a un niño en su cuna que guardar dentro de sí un deseo insatisfecho”. O tales como la que ha hecho concebir la idea del acto gratuito. El resultado es una ciencia en la que se ven reconocidas todas las especies posibles de normas, de criterios y
de valores con excepción hecha de la verdad.
El canto gregoriano, las iglesias romanas, la Ilíada, la invención de la geometría, no fueron, entre los seres a través de los cuales tales cosas han pasado hasta nosotros, ocasiones de florecimiento.
La ciencia, el arte, la literatura, la filosofía que no son sino formas del florecimiento de la persona, constituyen un ámbito en el cual se logran deslumbrantes éxitos, gloriosos, que hacen vivir nombres durante miles de años. Pero por encima de este ámbito, muy por encima, separado de él por un abismo, existe otro en el cual están situadas las cosas del más primerísimo orden. Estas son esencialmente anónimas.
Es por puro azar si el nombre de aquéllos que han penetrado en ese ámbito se ha conservado o se ha perdido; pero si ha sido conservado ha entrado en el anonimato. Su persona ha desaparecido.
La verdad y la belleza habitan este ámbito de las cosas impersonales y anónimas. Es ese ámbito lo que es sagrado. El otro no lo es o, en caso de serlo, lo es solamente como lo sería una mancha de color que, en un cuadro, representara una hostia.
Lo que es sagrado en la ciencia es la verdad. Lo que es sagrado en el arte es la belleza. La verdad y la belleza son impersonales. Todo esto es demasiado evidente.
Los hombres en colectividad no tienen acceso a lo impersonal, incluso en las formas inferiores. Un grupo de seres humanos no puede tan siquiera hacer una suma. Una suma se opera en la mente que olvida momentáneamente que existe alguna otra mente.
Si un niño hace una suma, y se equivoca, el error lleva en sí el viso de su persona. Si procede en una forma perfectamente correcta, su persona está ausente de toda la operación.
La perfección es impersonal. La persona, en nosotros, es la parte en nosotros del error y del pecado. Todo el esfuerzo de los místicos siempre ha tenido por objeto que no quede en su alma ninguna parte que diga “yo”.
Pero la parte del alma que dice “nosotros” es todavía infinitamente más peligrosa.
El pasaje hacia lo impersonal no se opera sino mediante una atención de rara calidad que no es posible sino en la soledad. No solamente la soledad de hecho, sino la soledad moral. Jamás se opera en aquél que se piensa a sí mismo como miembro de una colectividad, como parte de un “nosotros”.
Los hombres en colectividad no tienen acceso a lo impersonal, incluso en las formas inferiores. Un grupo de seres humanos no puede tan siquiera hacer una suma. Una suma se opera en la mente
que olvida momentáneamente que existe alguna otra mente.
Lo personal se contrapone a lo impersonal, pero hay pasaje de lo uno a lo otro. Mientras que no hay pasaje de lo colectivo a lo imper- sonal. Es necesario primero que una colectividad se disuelva en per-
sonas separadas para que la entrada en lo impersonal sea posible.
En este sentido solamente, la persona participa más en lo sagrado que la colectividad.
No solamente la colectividad es ajena a lo sagrado, sino que confunde al proveer una falsa imitación de lo sagrado.
El error que atribuye a la colectividad un carácter sagrado es la idolatría; es en todos los tiempos, en cada país, el crimen más común. Aquél en cuyos ojos sólo cuenta el florecimiento de la persona ha perdido por completo el sentido mismo de lo sagrado. Es difícil saber cuál de los dos errores es peor. A menudo se combinan en la misma mente en tal o tal grado. Pero el segundo error tiene mucho menos energía y durabilidad que el primero.
El libro “Profesión de fe: antología crítica alrededor se su obra” puede leerse acá.


















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