Tener 18 y ser tapa del New York Times es bastante. Recibir una carta del legendario autor de “El Cazador Oculto”, impresionado con tu artículo es mucho. Pero ser invitada a dejarlo todo para vivir con él, es demasiado. Pero nada se compara a enamorarse -a pesar de la diferencia de edad-, ser abandonada y vivir con su opresor y gigantesco fantasma. Hasta que tres décadas después, decides acabar con él, de una buena vez.

PROHIBIDO EL PASO. El letrero lo instaló el legendario Jerome David Salinger (Nueva York, 1919), consciente de la devoción que despertaban sus “9 cuentos”, “Franny y Zooey”, “Levantad Carpinteros la Viga Maestra”, “Seymour: una introduccion” y, sobretodo, “El Cazador Oculto”, novela de culto que anticipa el movimiento contracultural estadonidense gracias al hipersensible/cínico protagonista Holden Caulfield. Son sus únicas cinco obras, aparecidas entre 1951 y 63. Luego, se construyó una casa de Cornish, New Hampshire, a kilómetros de la frontera este con Canadá y se retiró del mundo hasta hoy. El antipático aviso que también rezaba “Recinto privado”, confirmaba lo obvio: a mayor recelo, más interés de sus babosos fans.
Pero Joyce Maynard, quien maneja a toda velocidad y se felicita por reconocer el cartelito, no era una devota precisamente. Es 1997 y ya está cansada de tipos Ian Hamilton, quien redactaba la biografía “En Busca de J.D.Salinger” y necesitaba conocer “la experiencia de haber sido pareja del mito”. Aterrada de enterarse que el asesino de Lennon presentó como declaración al juez un garabateado ejemplar de “El Cazador Oculto”, asegurando que Holden Caulfied estaba haciendo justicia al matar a un rockero vendido al sistema. Enferma de girar en torno a la última conversación que habían tenido en la playa de Daytona, Florida hace dos décadas, mientras Neil Young cantaba “seré minero de tu corazón de oro”.
-Se acabó -había dicho sin dejar de mirar el Atlántico- No quiero tener hijos contigo. Regresa a casa, saca tus cosas antes que regrese. Y ¿sabes? Me arrepiento de haberme fijado en ti: ni siquiera sabes escribir.
Ahora la chica dibuja una carita triste en el vidrio empañado, se baja del vehículo y contempla el cielo cinematográficamente nublado, a punto de llover. Camina por la pendiente. Reconoce la misma casa donde esa tarde armó -llorando- su bolso con libros y ropa. Golpea la puerta.
MI VIDA EN UN FIN DE SEMANA.
“¿No recibiste mi mail? Rayos. Gmail no acepta mi español!”, dispara Joyce Maynard con la misma gracia del célebre “An 18-Year-Old Looks Back On Life”, nota de tapa del New York Times aparecida el domingo 23 de abril de 1972. Un texto de una adolescente en problemas -y con problemas- que es dinamita pura,
“Heredamos las drogas de los univesitarios y la convertimos en moneda corriente en los colegios” -escribe- “Tuvimos a los Beatles, pero no a aquellos chicos encantadores, tan parecidos entre si, con sus trajes iguales y esos cortes de pelo, que cantaban canciones que te hacían llorar. Nos llegaron como un mal chiste, envejecidos, barbudos, discordantes. Y heredamos Vietnam (…), demasiado tarde para quemar la cartilla militar y demasiado pronto para que no nos llamaran a las filas. Los del 53 -mi año- fueron los últimos que llamaron”
Desde la foto principal ella te mira directo, sabiendo que el lunes sus compañeros de la U -mas politizados e intelectuales- la odiarían más. Nunca sospechó que mientras se encerraba en su pieza y desconectaba el teléfono, cientos de estadounidenses le escribirían enre excitados e intrigados por esta chica judía, amante de Bob Dylan y los Beatles, de chasquilla, obesionada con Twiggy y bastante odiosa, para ser honestos.
Una de las cartas que llegaron a su casa de Durham, New Hampshire era de Salinger. Dice que le encanta cómo escribe, y -contradictoriamente- que se cuide de las abalanzas y entrevistas con editores neoyorkinos (“esos chupasangres”). Maynard, era la única de sus compañeros de Yale que no había leído las aventuras de Holden.
“Releerlas fue encontrar una botella que el mar arroja a la orilla” -explica, antes de decidirse a donarlas y apretar el acelerador hacia el hogar del escritor- “La ola me devolvió a los 18 años”.
A esa edad, tras un progresivo y ardiente intercambio epistolar -que mutó en llamadas telefónicas, donde él le decía que lo llamara simplemente “Jerry”- decidieron conocerse. Después de todo eran vecinos, “paisanos” y almas gemelas. Al menos eso le decía Jerome David Salinger de 52 años y ella no aguantó más: se fueron a vivir juntos.
CON AMOR Y SORDIDEZ
Los fans de Salinger odian a Joyce Maynard, quien en su autobiografía “At Home In The World” (1998) escrita en caliente, dedicó cien páginas de cuatrocientas al romance. Ellos tienen demasiado que defender: su mundo de familias disfuncionales, personajes dolorosamente entrañables, las contradicciones de la América de postguerra; todo eso encarnado en Holden, los Glass o cualquiera de las cinco obras/pilares que ellos veneran.
Que aparezca esta ex-adolescente prodigio -que siguió escribiendo articulos y columnas desde la mismísima casa Jerry, y luego. se mudó a NYC para reportear en diarios, radio y televisión- y se aproxime al mito (ni siquiera lo juzgue), podría dañarlos. Porque ellos, los Salinger-fans, al contrario de Joyce, se asumen como sensibles y “eternos adolescentes”.
Y ahí estaba ella esa primera noche, desnuda y acostada con el escritor. Antes le había sorprendido su “invernadero” (Salinger sólo come alimentos naturales), su microcine (Salinger sólo ve películas en blanco y negro) y sobretodo, un gigantesco cuarto repleto de papeles con su jugosa obra inédita (Salinger sigue escribiendo, pero alejado de mundo). “Me sentí como si fuera mi salvador”, escribió después. Si embargo esa noche no hubo sexo. Simplemente no podía. A él no le importó, la abrazó, le dijo lo mucho que le gustaba su pelo y se quedó dormida mientras le hablaba.
“Me enamoré de la voz de Salinger, primero en sus cartas” -explica- “fueron sus palabras las que crearon el vínculo y me obsesionaron durante años y años, desde que se fue de mi vida”
Mientras pasaban las semanas, Joyce fue testigo privilegiada de uno de los escritores más enigmáticos del siglo XX. Lo vio con sus hijos del anterior matrimonio (una chica de su edad y un quinceañero a quien adoraba), sus obesiones con la homeopatía, sus pelambres (Joyce dice que cuando cortaba amablemente el telefono, siempre hablaba mal de quien lo llamaba), su progresivo mal humor y sus críticas.
Salinger no la dejaba salir, ni irse de fiesta, ni que la llamaran por teléfono. Le decía que la gente en escencia es estúpida. En su casa no se escucha rock y siempre le decía “tú escribes bien, pero lo haces para que la gente te quiera”.
Joyce ya tenía 19 y escribía su autobiografía, una version extendida del articulo del NY Times(!).
Aun no podía llegar al orgasmo.
ESO NO SE LE HACE A SALINGER
Ubicar a Joyce no es fácil. Ella es periodista y viaja demasiado. A veces responde desde Guatemala. Otras, está indispuesta. “No me siento muy bien hoy. Pero no olvides mandarme la versión en español de mi libro, así mejoro mi pronunciación!”. Aunque reconoce lo vital que fue Jerry en su vida, está aburrida de abrir un capítulo que cerró esa nublada tarde de 1997. Por eso dice que lo mejor es regresar a su libro, aunque no sabía que estaba traducido acá como “Mi Verdad” (Cirse, 2000).
Las críticas fueron de este tipo, aparecida en Pagina 12: “La historia que cuenta Maynard es tramposa. Propone una autobiografía, pero desemboca en chismerío: una rabieta de american way of life con chica bonita, inteligente y sufrida y final feliz (…) Podría conjeturarse que en esos meses escasos que pasó junto a Salinger Maynard debió absorber algunos secretos del arte de narrar. Pero no: la marca del genio, está comprobado, no se transmite por vía sexual”
Pero a Joyce sabe que después de todo, fue Salinger quien la contactó, sedujo y abandonó. Mientras él -y esto les duele a sus fans, también seducidos- emerge como un gigante egoísta y cascarrabias, enloquecido por la medicina natural, que desprecia a sus propios lectores y que prohibe reproducir sus cartas alegando derechos de autor; Joyce le hace una finta a la victimización y trata de hacer algo con lo que quedó de su vida. Hoy, Salinger sigue retirado, con una obra rotunda que cumple medio siglo y viviendo en la admiración de gente -”con más onda que su despechada ex-amante” como Wes Anderson, los Belle and Sebastian o Rodrigo Fresán (quien insiste que le encargaron a Bob Dylan hacer el papel de Holden en 1965). Joyce ya no escribe para que la quieran, armó una familia y aprendió a reirse.
Y se sacó la chasquilla.
HONESTIDAD BRUTAL
“Mi mayor defensa es manifestarme al máximo. Las cosas que más me asustan son las que la gente calla. Si digo lo que hago, nadie tendrá que descubrirlo. Si mi forma de vida no me averguenza, ¿por qué no puedo hablar de ella?”, confiesa Joyce.
TPor eso su vida en los 70sdespués de Salinger está documentada en cartas -es una fanática del arte postal- y reportajes: su enfermedad vaginal que le impedía tener hijos (y que él trató de curar con homeopatía, aprovechando el fracaso para abandonarla en Florida), de una noche mientras reporteaba la escena Country de Nashville en que fue obligada a tener sexo oral con un vaquero violento, de su aborto, de su anorexia, su madre judia (que es capaz de no hablarle en años y luego saludarla por teléfono como si nada), su adorable padre alcohólico, sus hijos, su divorcio y más que nada, el peso de haber sido un referente de los adolescentes de principios de los 70s.
“Al final, yo me sentía la voz de mi generación y escribía sobre sexo o política sin tener idea. Esa biografía que escribí a los 19 está repleta de inexactitudes”.
Joyce Maynard no leyó a Mala Onda de Fuguet -totalmente inspirado en Salinger, de hecho su protagonista aparece leyendolo. Tampoco sabe mucho sobre Chile. Pero es amable y deja su teléfono y dirección porque dice que le interesa mucho saber sobre nosotros. Y no suena como gringa paternalista.
En los 80s, continúa escribiendo. Entrevista a Michael Jackson en pleno éxito de Thriller, se muda a la soleada California y conoce mucha gente nueva. Le sorprende mucho un vecino que a pesar de haber sido dejado por su encantadora esposa, la sigue esperando. Ella no dejó rastros, sólo que le hablaba mucho de un amigo nuevo que tenìa. Y de repente desapareció.
Joyce, escribe sobre él y también redacta los pasos para lograr su propia independencia: primero, asumir que escribir bien no es necesariamente “viajar a las profundides de la decadencia occidental”, ni repletar un relato con laberintos mentales o buscar la aprobación de gente como Ignacio Echevarría. Perfectamente puedes emocionar y ser inteligente sin pirotecnias y desde una revista de circulación nacional. Segundo, aprender a pasarla bien y tomar decisiones. Tercero, cerrar el capítulo Salinger.
Esa tarde de 1997, Joyce tenía superados los primeros puntos. Ya una autora reconocida: sus novelas Baby Love o la última “The Cloud Chambers” escapan del concepto best-seller, trabajó con Gus Van Sant escribiendo el guión de “To Die For”(Todo por un sueño) y sus compilaciones de columnas como “Domestic Affair” fue un éxito. Sólo queda el temido punto tres.
UN DÍA PERFECTO PARA MI EX
La tipa que abre la puerta era la encantadora ex-esposa de su vecino. Joyce no lo puede creer, pero tampoco le sorprende demasiado: una vez se enteró que Salinger le enviaba cartas a una empleada doméstica de 18 años que contrató.
Finalmente aparece Salinger, más flaco, viejo y de movimientos torpes, de lo que recordaba. La mira con cara de odio.
“¿Qué haces acá? ¿Por qué no me escribiste una carta?” “Te he escrito muchas, Jerry, pero jamás has contestado” “¿Qué quieres?”.”Necesito saber que sentido tuve en tu vida. Por qué me mandaste esa primera carta. Para qué me llevaste a esta casa”.
El mítico escritor enfurece. La acusa de chismosa, de rentar con su leyenda, de estar escribiendo algo. Ambos tiritan. Como si todo el pasado reviviera, y bailara fantasmalmente sobre ellos.
-Si, J.D. Sallinger. Soy escritora.
Luego, el viejo, le repite que es una aprovechadora, que escribe horrible y que su problema es que ama la vida (!). Joyce, le dice adios. Lo deja hablando solo. Mira el letrero. Por primera vez, no respetó una orden de Salinger y se siente bien. Con el corazón a mil. Hacia unas semanas había leído su cuento “Para Esmé con amor y sordidez” y se sorprendió mucho al comprobar que el protagonista -un soldado- quedaba cautivado por una niña agrandada que usaba un enorme reloj. Jerry fue soldado. Ella salía en la tapa del NYT con un reloj así.
El texto de 1971 que provocó todo en este link
Joyce Maynard está llegando de Etiopía y pronto comentará sobre el asunto. Su sitio oficial está acá.


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