Este ensayo, investiga los orígenes de la droga y concluye que lo peor es su prohibición: que se sepa, ningún traficante se ha quejado formalmente de las políticas antidrogas.
Un auténtico “encuentro entre dos mundos” tuvo lugar en la década de 1670, cuando Thomas Bowrey, un rudo marino mercante inglés tomó junto a sus compañeros el “bhang”, una bebida popular entre los nativos de Bengala. Después de ver cómo quedaban los bengalíes al beberla, Bowrey decidió no perder la oportunidad. Se consiguieron el brebaje y, junto a sus hombres de mar se encerraron en una pieza: tenían el puritano temor de mostrar la hilacha y actuar estúpidamente. También contrataron un fakir que los cuidara.
Al rato, y como en un sketch televisivo, un marinero se puso a llorar, otro metió su cabeza en una jarra (y no la sacó más), un tercero empezó a pelear con la pared y el resto -incluyendo el fakir- se hacían reverencias, tratándose como monarcas, muertos de la risa.
El “bahng” contenía semillas secas de canabbis maceradas mezcladas con agua.
“Yo y otros más nos quedamos sentados sudando desmesuradamente durante tres horas”, escribió Bowrey, registrando con rigor de cronista, el debut de la marihuana en el civilizado mundo Europeo.
DE LA LEGALIDAD A LA PROHIBICIÓN
Esta anécdota abre “La búsqueda del olvido” (Fondo de Cultura Económica) una sorprendente y documentada historia global de las drogas. Su autor, Richard Davenport-Hines -historiador y colaborador de diarios como el Independent o New York Times- plantea la tesis que es su prohibición lo que conduce al narcómano a delinquir. Davenport-Hines en su combativo prólogo señala:
“Éste es un libro de historia, no de controversia contemporánea; pero presenta pruebas que contradicen muchas de las presunciones de los prohibicionistas (…) Los suministradores de drogas jamás se han quejado de los riesgos impuestos por las fuerzas del orden, dado que un mayor riesgo siempre supone un mayor beneficio potencial”.
Sin caer en la apología tipo Antonio Escohortado (famoso intelectual español que defiende el derecho a drogarse), el autor de “En búsqueda del olvido” demuestra que, en un principio, las drogas eran un lucrativo mercado completamente legal. Así, en el grabado “Un viaje a la eternidad” (1830) se muestra a un boticario vendiendo presmiblemente morfina, mientras al fondo su ayudante, que es La Muerte, la mezcla. Otro cuadro de 1850 muestra las fábricas de opio de la Compañía de las Islas Orientales, comercio vital para la economía británica. Antes, incluso se menciona a Chile junto a Perú por el uso de las hojas de coca que intrigó a los conquistadores.
Sólo en la década de 1870 con la exportación del opio hacia Estados Unidos vía europeos, prostitutas y jugadores, comenzaron las primeras ordenanzas contra su uso. Esto sucedió cuando los jóvenes americanos de clase media comenzaron a tomarlo en los limpios y populares fumaderos de San Francisco. Las pautas legales contra la droga de E.E.U.U rigen, según su autor hasta el día de hoy en la mayoría de nuestros países. Esto incluye, claro, a los traficantes, mafias y mercado de clínicas de rehabilitación.
“Para las organizaciones criminales la prohibición de las drogas fue un regalo de los dioses, pero quienes las consumían quedaron estigmatizados como delincuentes y sujetos a sanciones penales más encarnizadas que los ciudadanos que frecuentaban las tabernas clandestinas y se atiborraban de alcohol de contrabando”, dice Davenport-Hines. La famosa Ley Seca posibilitó un macrco jurídico y de mercado que originó el narcotráfico y la imagen, tan común, del consumidor de drogas como “adicto”.
CONTRA LA SOBRIEDAD
“La embriaguez no es contraria a la naturaleza ni tampoco una aberración. La absoluta sobriedad no es un estado natural o primario en el hombre”, se arriesga a afirmar el libro. “Aunque a veces políticos y periodistas hablen o escriban sobre ellas (drogas) como si todas tuviesen las mismas características genéricas, las drogas pueden clasificarse en categorías bien delimitadas con diferentes poderes y efectos”.
Es decir los narcóticos que alivian el dolor y provocan euforia (opio, morfina). Hipnóticos que ocasionan sueños (barbituricos). Estimulantes que aumentan la energía y eliminan el sueño (tabaco, té, café). Embriagantes obtenidos mediante síntesis quimica (alcohol, bencina). Y alucinógenos que ocasionan perturbaciones complejas en la percepción (marihuana, LSD, hongos).
Todas generan dependencia. Pero sus efectos, explica el autor, recien han sido comprendido, gracias al descubrimiento de los neurotransmisores y sus descargas eléctricas. Aun así, no son fáciles de explicar las pasiones que las drogas despiertan. Las drogas encarnarían la máxima del físico danés Niels Bohr (1885-1962) “según la cual las verdades profundas se reconocen por el hecho de que lo contrario también es una verdad profunda, a diferencia de las trivialidades, donde los contrarios son un absurdo. Toda sustancia que tiene el poder de hacer bien, tiene asimismo el poder de hacer mal”.
Por eso, las drogas hacen “pasar bien” y al mismo tiempo arrojan al que las consume a un infierno personal. A pesar del “estatus aristocrático” de rockeros, actores o poetas que hacen ver los efectos secundarios tóxicos como un juego divertido.
“IN DRUGS”
La última parte del texto se enfoca en el mundo contemporáneo.. Por ejemplo el reconocible arquetipo de “zar de antidroga” presente en Harry Anslinger (“egoísta, autoritario, enérgico, brutal y sin escrúpulos”). Este comisario de la Agencia Federal de Narcóticos (FBN) entre 1930 y 1962 ejemplifica la demogogia, persecución a los consumidores y el “margen de libertad” dado a los narcotraficantes. Su figura influenció a cualquier policía mediático con ansias de figuración, dice el escritor.
Es notable el capítulo “El mundo de las drogas en Gran Bretaña” donde se relatan las redadas a los Rolling Stones, las alusiones psicodélicos de los Beatles en sus letras y la definitiva incorporación a la cultura pop de las drogas. Ojo con la mención a “La heroína te arruina”, bobalicona campaña del gobierno de Margaret Tatcher en los ochentas. “Muchos jóvenes encontraron que el yonqui era atractivo y hasta sexy”, dice el historiador.
Es la contrapartida “cool” al narcotráfico y el ataque al consumidor privado provocado por la política prohibicionista américana. Mientras en Holanda, gracias a la legalización, las nuevas generaciones de consumidores son mínimas, se señala. Junto a las historias protagonizadas por Dickens, Freud o Marilyn Monroe, lo interesante del libro es que por una parte nos alerta y por otro nos documenta que la lucha contra ellas “es una política de idealistas que no logran comprender que el consumo de drogas es muchas veces el reflejo de otros ideales del hombre: la humana perfectibilidad, el anhelo del instante perfecto, la paz que concede el olvido”.









daniela s.
11 mess atrás
estimado jc.hay muchas aristas para discutir el tema del uso de drogas recreativas.Y probablemente el caso E.Unidos es uno de los más prolíficos para ensayar explicaciones,porque se conjugan todos los factores.Pero en una serie documental del History Channel “Hooked: Illegal Drugs and How They Got That Way” desarrollan cómo la condena al uso de drogas emergió de
fuertes prejuicios raciales,especialmente contra chinos y negros,especialmente estos últimos,a los que se acusaba de aprovechar el efecto hipnótico y sedante del opio y la morfina para seducir a incautas amas de casa blancas,y llevarlas por el camino de la perdición.
También explican de qué manera el uso de drogas se hizo ilegal muy tardíamente,y cómo influyó el puritanismo norteamericano y el proteccionismo económico en la dictación del Harrison Narcotic Act de 1914
saludos